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El último güisqui de Shackleton

Dong. Dong. Dong. Suenan las campanas en la Catedral de Punta Arenas, cerca de la plaza de Armas Muñoz Gamero que veo desde la habitación de mi hotel. Estoy fumado. Muy fumado. Fantaseo con perseguir una historia sobre unas botellas de güisqui que pertenecieron a Shackleton. El jefe. The boss. Pero estoy fumado. Bastante fumado. ¿Qué hacer?

Puedo perseguir el gusanillo de una historia periodística o, lo que parece más sensato,  seguir en el hotel y quizás bajar al bar a tomar unos vinos. Nunca se me ha dado bien tomar decisiones fumado, y ahora mismo me aterra la idea de ir cuaderno en mano en busca de una historia al bar de un hotel, probablemente a la hora inadecuada, y además fumado. Pero, por otro lado, sé de buena tinta que la marihuana tiene el poder de hacerme absorber los detalles de una situación, de tal forma que lo más cotidiano y anodino puede, como por arte de magia, tornar a una situación de lo más interesante, divertida o incluso intrigante. Lo cierto es que, mientras escribo esto, sigo fumado mientras suenan las campanas en la Catedral de Punta Arenas. Dong. Dong. Dong.

Qué demonios. En la recepción me cruzo con un par de compañeros de viaje de los que logro zafarme con un “a tomar el aire” dicho en un inglés tan pastoso como mi boca. El aire frío de la calle no consigue bajarme el fumadón, pero enfrente del Instituto Antártico de Chile decido ponerme en movimiento, aunque todavía no sepa exactamente a dónde. Dudo si gastarme mis últimos tres mil pesos en cigarrillos o en una copa del último güisqui de Shackleton. No puedo plantarme allí buscando una historia de güisqui y pedir agua. Pero mi necesidad más inmediata es el humo. Supongo que podré pagar el güiscazo con tarjeta.

Así que encamino mis paso por la avenida 21 de mayo, justo por delante del café Drake, al que desde mi primer día en Punta Arenas me prometí no entrar, pero que, sin embargo, cada vez que paso por delante de él me arrepiento de haberlo hecho. La tienducha está cerrada, así que subo a paso ligero por Pedro Montt intentando apaciguar el torbellino neuronal diciéndome a mí mismo “Estás bien. Estás bien.” Decidido, paso junto al Club Militar de Oficiales, y el viejo edificio rehabilitado al estilo neo-clásico del Club de la Unión. Justo en la esquina un maniquí vigila desde una torre el cruce con Gobernador Carlos Bories. Sin duda un toque surrealista para un caminante fumado. Como yo. Doblo la esquina y paso frente a la cristalera llena de parras de la terraza de verano del Palacio de Sara Braun, antigua dueña del hotel que alberga el Bar Shackleton al que me dirijo. Una placa recuerda que el hotel fue en un tiempo el hogar de José Nogueira, un inmigrante de origen portugués considerado el padre de la navegación mercantil en el Estrecho de Magallanes. Casi nada.



A la entrada un cartel utiliza la poderosa imagen del Endurance como reclamo de sushi de dudosa calidad y cócteles de calafate. En el elegante hall un empleado me indica donde está el bar, y decidido entro en un sereno ambiente de clásico pub inglés, en el que la vista se me pierde en los infinitos detalles que lo decoran. Paredes de madera oscura con lámparas de turgentes bombillas,  butacas de cuero marrón ribeteado con motivos dorados, y cortinas verde oscuro con contornos dorados a juego. En el techo una gran lámpara de estilo clásico ilumina grandes piedras de mármol que se sujetan al techo decorado por frisos de estrellas de nieve, flores de lis y plantas enredaderas. La hierba era buena, porque sí: sigo muy fumado.

Ahora mismo mi cabeza es un éxtasis de dudas y contradicciones constantes. ¿Dónde me siento? ¿Tomo notas ya? ¿Me están observando? ¿Cerveza o vino? Según me siento me atiende un camarero de tez morena, modales exquisitos y traje con siglas de la Unión. Sus facciones son tan chilenas como españolas. ¿Austral o Magallanes? Pregunta trampa, pienso antes de decantarme por una Magallanes. ¿Admiten tarjeta? Trato de ocultar mi cámara para que no me juzguen como el turista periodista que viene fumado en busca de la historia sobre las botellas de güisqui de Shackleton. En otra mesa un joven con gorra panameña apura su hamburguesa con obvia actitud de estar mucho más acostumbrado que yo a este ambiente. Una punzada me recuerda que no tengo cigarrillos, y un cartel en la barra me certifica que la historia que persigo está más que vista, escrita y re-escrita.

A pesar del elegante ambiente que me sobrepasas no puedo evitar utilizar Shazam para cazar un par de temas de soul que han captado la atención de mis atareadas y excitadas neuronas. Me levanto a ver las fotos de la pared para comprobar que el mismo Shack dedicó una de ellas al bar que lleva su nombre. La foto preside una serie de bonitas acuarelas que relatan distintos pasajes de uno de los naufragios más famosos de la exploración polar.  Es el momento de otra Magallanes. Pero no hay nadie tras la barra de madera frente al enorme mueble-bar de madera tallada con columnas, flores y una cabeza de león. Una de las opciones de la carta me hace pensar en Sara Braun removiéndose en la tumba al comprobar que la aristocrática elegancia de su palacio ha quedado reducida a una selección de camembert, Edam, azul, salames, jamón serrano y aceitunas. Pido la segunda cerveza y aprovecho para tirarle el primer globo-sonda al camarero. Parece que es de los habladores; así que me excuso con mis compañeros de viaje por no asistir a la última cena. Esta historia me tiene atrapado. Incluso sabiendo de antemano dónde me va a llevar. ¿O es que sigo fumado?

Aprovecho que nadie me ve para leer el cartel con la historia del güisqui que me ha traído hasta aquí, y no quiero comenzar una conversación sin saber lo más básico. El caso es que en el bar sirven MacKinlay´s Rare Old Highland, un güisqui con –al parecer- mucha historia: una meticulosa recreación del whisky original llevado a la Antártida por Shackleton en una de sus expediciones a comienzos del siglo pasado y que fue encontrado 100 años después. “Un carácter único que captura el espíritu perdurable y la malta”. ¿No os encanta leer las etiquetas de las botellas de alcohol? Justo al lado del cartel está la botella, cuidadosamente empaquetada con paja y cartón y algún que otro sello simulando los gloriosos viejos tiempos de la exploración antártica. Un joven barbudo de pelo rizado mueve su dedo rápidamente por la pantalla del celular, deduzco que visionando a toda velocidad fotografías de instagram, mientras se bebe una coca light y espera que le sirvan un sandwich emplatado con lechuga de bolsa. No quiero que mi móvil rompa la magia del momento que estoy viviendo. Aunque sea fumado.

Pero el mono de conectividad me atiza el cerebro tanto como el de la nicotina. Y el THC. De hecho, el comienzo de Law & Order – Special Victim Unit captura mi atención unos segundos antes de plantearme si es el momento de tomarme un chupito. Todavía se me repite el cordero a la estaca del mediodia y dudo que un chupito de güisqui vaya a sentarme mal a estas alturas de la película. O no. Quien sabe. “El corto 25 mil. La botella 250”. ¿Lucas? Pregunto casi a la vez que me contesta con un gesto de “claro, huevón”.  Son 70 centilitros y 47,3% de alcohol. El Shazam me sopla que está sonando una versión de Funkytown de “Urban Love”. El soul elgante ha sido sustituido por neutra e insustancial música chill. Termino la tercera Magallanes deseando que mi colega llegue pronto, antes de empezar a emborracharme y unir la curda a la fumada, lo que sé por experiencia es una mala combinación.

Consulto el cambio de divisas on line y me sale que que la botella sale a 328,94€. Creo que me conformaré con un chupito, a 32€ que tampoco es moco de pavo. ¿Se vende mucho? Le pregunto a Andrés, el camarero al que ya me dirijo por su nombre. “No, por el precio. Aunque por eso mismo suelen ser extranjeros los que lo compran”, me contesta antes de agitar un pisco-sour en su coctelera. “Son 39 dólares el trago, aunque dicen que está muy bueno”, y me marca con el dedo en el vaso hasta donde llegaría servido on the rocks. El compadreo ha funcionado, y Andrés me trae a la mesa los regalos que se incluyen en la caja: además de una répilca de la firma del Boss, la caja incluye un libreto de 26 páginas con la historia del Endurance relatada, mapas, fotografías, cartas, estractos de diarios y frases. Por ejemplo: “Superhuman effort isnt a worth dam unless it achieves results”, que vendría decir que los esfuerzos sobrehumanos no valen un carajo si no consiguen resultados. Al loro.

Ya de vuelta al hotel, mi amigo Wes -gran bebedor oriundo de Atlanta- me pregunta por el güisqui, y a pesar de la historia del último de Shackleton y tal, en su inglés de la Georgia profunda me responde “Aint no whisky worth that shit man!”.

 

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