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Viaje a la Salta profunda

Dice un proverbio marroquí que “aquel que no viaja no conoce el valor de los hombres”. A veces, en mis periplos oxigenados, me he reprochado haber prestado más atención a la actividad deportiva y a los paisajes en los que se desarrolla, que a observar y conversar con el paisanaje en el que la tierra se revela.

Os invito a viajar de mi mano al norte de Argentina hasta un pequeño pueblo en un inhóspito paisaje en el que parece haberse detenido el tiempo. Os invito a conocer un paraje y a unas personas con las que no he compartido más que unas horas, pero que difícilmente olvidaré por su hospitalidad y sencillez. Bienvenidos a San Bernardo de las Zorras. Bienvenidos a la Salta profunda.

En Argentina, el coqueo es una práctica cultural milenaria permitida, pero es ilegal cultivarla”, me dice Eduardo Palacios, veterano guía de la agencia de viajes Silvia Magno, mientras me ofrece un puñado de hojas de coca. Estamos en una furgoneta de camino a San Bernardo de las Zorras, un pequeño pueblo a casi tres mil metros en la Cordillera Andina. “En altura es bueno el coqueo: la hoja de coca aporta vitamina C, oxigena la sangre, potasio, regulador del ritmo cardiaco y tiene más calcio que la leche”, me dice mientras guarda las hojas en una bolsa de cuero de carpincho, “que preserva bien del calor”. «Lo mejor, es consumirla antes de empezar a coger altura, y la vía más efectiva es la sublingual.» Allá donde fueres, haz lo que vieres, que dice el refrán.

Desde Salta, enfilamos la carretera 51 en dirección Chile, con la Cordillera Oriental de los Andes al fondo. Al salir de la ciudad el urbanismo torna en granjas y casas de campo, algunas con estilo colonial español con sus característicos jardines y palmeras, y de nombres como La Gracia o El Milagro. Pasamos a recoger a un compañero por una hacienda convertida en Hotel, propiedad del actor Robert Duvall, decorado exquisitamente con motivos gauchos y con reminiscencias de un estilo de vida colonial que sólo un presente de ricos y famosos puede revivir. La furgoneta progresa por una carretera sembrada de bonitas flores rojas en las copas de los árboles que la flanquean. Son ceibos –Erythrina crista-galli-, la flor nacional argentina. “Ahora mismo estamos en una zona productora de tabaco, pero la falta de precipitaciones condiciona el cambio de paisaje que vais a experimentar hoy”, nos dice Eduardo. A la entrada del pueblo Campo Quijano veo el primer cactus cardón, y antiguas maquinarias agrícolas decorando la plaza. En las afueras grupos de caballos pastan libremente con un fondo de colinas pintadas de rojo.

Dejamos la carretera asfaltada y en tramos en el Corredor Turístico de la Puna. Estamos en la ruta hacia el famoso Tren de las nubes, que sube hasta los 4.200 metros en su camino de Salta a Chile, y que hasta los años 70 fue de pasajeros y turístico a partir de la década de los 80. (18 túneles y 21 puentes). Entramos en la Quebrada del Toro, con pintadas de spray en señales de tráfico conminando a los peregrinos a no contaminar. Nos cruzamos con abundantes camiones que dejan el camino y el ambiente cargado de polvo, y aportan al paisaje un tono fantasmagórico. Vuelven cargados de litio, bórax y otros minerales de la zona de San Antonio de los Cobres; una carga que hasta los años 40 se transportaba en el tren de mercancías.

Nos detenemos en el Viaducto del Toro para admirar la obra de ingeniería, y de paso comprar algunas prendas a una vendedora ambulante que aprovecha el flujo de turistas. “Los precios son buenos”, le dice Eduardo a un compañero entusiasmado con las compras. Cada vez vemos más cardones,  – Echinopsisatacamensis – una planta endémica del área altiplánica del centro de la Cordillera de los Andes. Pueden vivir hasta 400 años, y puede alcanzar 10 metros de altura. Sus muchas agujas espinosas tienen entre 4 a 14 centímetros de longitud. “Están protegidos, no se pueden cortar”, nos comenta Eduardo.

El paisaje se hace cada vez más yermo, los cactus empiezan a ser multitud, y las torrenteras secas me dan una idea de que en alguna época del año el agua debe fluir poderosamente. De algunos cardones florecen frutos blancos y rosas, aunque muchos rociados de polvo de los camiones que no dejan de pasar insistentemente. Nos detenemos en Chorrillos para aprender del sistema zig-zag del tren para coger altura, ideado por el ingeniero Richard Fountain Mauri y que se puede simplificar en el clásico paso atrás para coger impulso. La estructura de los pequeños pasos elevados (durmientes) están construidos con madera de quebrachos, – Schinopsisbalansae– un árbol nativo de Sudamérica de madera muy preciada y dura como el metal. La estación de tren, a 2.111 m, es como un viaje al salvaje oeste: casas de adobe abandonadas, barriles oxidados, tornillería y cactus y polvo, mucho polvo. Dos antiguos depósitos de agua para abastecer las antiguas locomotoras. Silban calandrias –Mimussaturninus- y cantan gallos en la lejanía. Un gato negro cruza las vías. Me topo con Cruz en la pequeña habitación del jefe de estación. “Llevo veinte años trabajando aquí y la vida ha cambiado mucho en este tiempo”, me dice. “Ahora vivo solo, y casi no veo ni a turistas”.

Una de las características del paisaje del norte argentino es la policromía de sus rocas, de sus formaciones geológicas, montañas, quebradas y demás relieves. Las montañas oscilan entre el amarillo, el rojo y el negro, en contraste con el verde de las arboledas de los valles, regados por las nieves de los nevados de más de cuatro mil y cinco mil metros que se intuyen a lo lejos. Son montañas muy antiguas, de 400 millones de años, en las que abundan los fósiles. El valle se abre y muestra juguetonas formaciones rocosas tenidas de rojo y salpicadas de cactus. Los cortes de las montañas tejen un exótico lienzo de coloridas franjas. Algunos encuadres son como áridos glaciares: con sus agujas, seracs y grietas de roca y arena. Un control policial nos recuerda la necesidad de viajar siempre con el pasaporte a mano. En los arcenes observo las primeras apachetas, altares de piedra a Pacha Mama, la Madre Tierra.

Nos desviamos por un camino de tierra que nos ofrece una magistral vista a El Acay, un montañote de 5.800 m por el que pasa la mítica ruta 40 a 4.900 metros, uno de los pasos de carretera más altos del mundo. Además es un buen objetivo para los amantes de cimas. Hay algo magnético en los paisajes desérticos. Parece un paisaje extraterrestre, marciano, habitado por hieráticos cardones que se doblan de formas grotescas, con largas y afiladas puntas protectoras del agua que atesoran en su interior. Distintos tonos de luz marcan los perfiles de las cadenas montañosas que se superponen. Cruzamos el cauce de un gran río seco en el que un guanaco parece posar para nuestros objetivos. Vacas y caballos pastan en un decadente rancho de praderas y árboles que nos avisa de que –aunque no lo parezca- hay agua en la zona. Parece imposible en el paisaje de piedras y arbustos secos, polvo y arena. Es solitario. Inhóspito. Esteril. Sin duda un lugar muy especial para vivir. Finalmente vemos el río y un grupo de casas. San Bernardo de las Zorras. 2.920 m.

Beatriz García es la ordenanza de la escuela, que tiene 13 estudiantes, y data de 1760. Tres pavos se pavonean en su terreno, en el que distingo un pozo y unos paneles solares. “La energía solar no es suficiente, sobre todo ahora con internet”, me dice antes de preguntarme al despedirnos si no tendremos ropa para regalar a los niños de la escuela “sobre todo zapatos”.

Caminamos por el pueblo hasta un grupo de casas que parecen ser el centro. Un molino de viento sigue funcionando junto a un huerto plagado de cebollas y ajos. “Los sembrados, comidas y costumbres siguen siendo de influencia andina”, me dice Eduardo. En el centro, dos mástiles yerguen sin bandera. El tiempo parece haberse detenido. Sin duda estoy en la Salta profunda. El lugar tiene su historia”, me dice Valerio Gutiérrez, que vive aquí desde hace 43 años. “Vine como enfermero y me jubilé hace seis meses”. “Este era un paso obligado a Perú y Bolivia, el tránsito era impresionante”. Parece mentira, observando el ínfimo tráfico de la carretera. Una mujer se esconde de nuestra vista y un perro descansa a la sombra. Seguimos el curso de un arroyo entre sembrados y sauces llorones. Remolinos de viento levantan polvo a nuestro paso. Caminamos sobre hierba en un paisaje que parece haber sido devorado por las llamas. Vuelan patos. Ranas y cangrejos aprovechan las aguas limpias de un estanque. Varios regueiros canalizan el agua a los sembrados. Pasamos por casas con cuadras de piedra y hornos de adobe, de las que salen niños de mirada curiosa y actitud tímida frente a los seres de otros mundos que representamos los turistas.

Finalmente, tras apenas veinte minutos de caminata, llegamos a la Casa el Rosal, donde nos espera Carmen Rosa Aramayo, que nos ha preparado una abundante comida en la que era la casa de su abuela. Antes de entrar, comparto un vaso de vino con Ricardo Barbosa, que descansa a la sombra con una especie de tambor en sus manos. “Tienes apellido de conquistador”, le digo. “Solo he conquistado mujeres”, me contesta travieso a sus 77 años que aparentan muchos más. Ricardo nació en un pueblito de las montañas, hizo dos años y medio en la armada y luego se ganó la vida en las minas de azufre de la zona. “Pero nos engañaron”, me dice sin un deje de rencor. Aunque me cuesta entender la mezcla de castellano y quechua que utiliza, entiendo a la perfección una de las frases que entona en la canción que se lanza a interpretar para nosotros. “Si no me quieren las chicas, las viejitas me han de querer.

Suena la radio, y huele a comida recién hecha “¡las mejores empanadillas de Salta!”, nos dice el conductor de la furgoneta. Damos buena cuenta de ellas así como de otras viandas típicas de la zona que nos hacen suspirar de placer. De sobremesa, mate de coca, “un excelente digestivo”, apuntilla Eduardo.

Crecí allá abajo hasta los ocho años con mi abuela», me dice Carmen en su cocina, «luego construyeron esta casa. Tuve una linda infancia: cuidaba las ovejas, dormía con ellas, mi abuela me preparaba mote… Con ocho años hacia diez kilómetros a caballo para vender papas, choclo y flores a los turistas que llegaban en tren a la estación de Diego de Almagro”, me cuenta con esa triste y hermosa mirada de los ancianos cuando rememoran su infancia… “Los viejos mueren, la juventud se va… y ahora los chicos, ni te saludan.

 

 

 

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